TRES
Error de las causas imaginarias. - Para partir del sueño: a una sensación determinada, surgida, por ejemplo, a consecuencia de un lejano disparo de cañón, se le imputa retrospectivamente una causa (a menudo, toda una pequeña novela, en la que precisamente el que sueña es el personaje principal). La sensación, entre tanto, perdura, en una especie de resonancia: aguarda, por así decirlo, hasta que el instinto causal le permite pasar a primer plano, - ahora ya no como un azar, sino como un "sentido". El disparo de cañón se presenta de una forma causal, en una inversión aparente del tiempo. Lo posterior, la motivación, es vivido antes, a menudo con cien detalles que transcurren como de manera fulminante, el disparo viene después...
¿Qué ha ocurrido? Las representaciones que fueron engendradas por una situación determinada son concebidas erróneamente como causa de la misma. De hecho cuando estamos despiertos actuamos también así. La mayoría de nuestros sentimientos generales - toda especie de obstáculo, presión, tensión, explosión en el juego y contrajuego de los órganos, como en especial el estado del nervus sympaticus - excitan nuestro instinto causal: queremos tener una razón de encontrarnos de este y de aquel modo, de encontrarnos bien o encontrarnos mal.
Jamás nos basta con establecer el hecho de que nos encontramos de este y de aquel modo: no admitimos ese hecho - no cobramos consciencia de él - hasta que hemos dado una especie de motivación.
El recuerdo, que en tal caso entra en actividad sin saberlo nosotros, evoca estados anteriores de igual especie, así como las interpretaciones causales fusionadas con ellos, no la causalidad de los mismos. Desde luego la creencia de que las representaciones, los procesos conscientes concomitantes han sido las causas, es evocada también por el recuerdo. Surge así una habituación a una interpretación causal determinada, la cual obstaculiza en verdad una investigación de la causa e incluso la excluye...
¿Qué ha ocurrido? Las representaciones que fueron engendradas por una situación determinada son concebidas erróneamente como causa de la misma. De hecho cuando estamos despiertos actuamos también así. La mayoría de nuestros sentimientos generales - toda especie de obstáculo, presión, tensión, explosión en el juego y contrajuego de los órganos, como en especial el estado del nervus sympaticus - excitan nuestro instinto causal: queremos tener una razón de encontrarnos de este y de aquel modo, de encontrarnos bien o encontrarnos mal.
Jamás nos basta con establecer el hecho de que nos encontramos de este y de aquel modo: no admitimos ese hecho - no cobramos consciencia de él - hasta que hemos dado una especie de motivación.
El recuerdo, que en tal caso entra en actividad sin saberlo nosotros, evoca estados anteriores de igual especie, así como las interpretaciones causales fusionadas con ellos, no la causalidad de los mismos. Desde luego la creencia de que las representaciones, los procesos conscientes concomitantes han sido las causas, es evocada también por el recuerdo. Surge así una habituación a una interpretación causal determinada, la cual obstaculiza en verdad una investigación de la causa e incluso la excluye...
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